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“Yo me lavo las manos como Pilato”, quien no ha escuchado una expresión similar, cuando
alguien no desea ser parte o envolverse dentro de un conflicto.
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La biblia explica que
los ancianos y principales sacerdotes, incitaban al pueblo para que mataran a
Jesús, y lo hacían por envidia. Pilato mismo se había percatado del asunto.
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La acusación no era válida, carecía de peso.
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Pilato inclusive estaba sorprendido, maravillado por la
templanza y carácter de Jesús, ante las falsas acusaciones.
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Como si fuese poco, la mujer de Pilato, le hizo llamar,
para advertirle de no hacerse partícipe de las injusticias contra Jesús, ya que
por sueños había comprendido que era inocente, justo.
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Y aunque este gobernador trató de obtener una razón
concreta por parte del pueblo para crucificar a Jesús, el pueblo sólo más
gritaba: “Sea crucificado”.
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Antes de entregarle solo se limitó a decir: Inocente soy
yo de la sangre de este justo, allá vosotros.
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Cuan comúnmente adaptamos esa conducta o actitud, cuando
podemos hacer más y no lo hacemos.
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Claro, cuando
estamos envueltos en algún asunto complicado, esperamos que todos cuanto puedan
saquen cara y nos defiendan.
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Sin embrago cuando la situación no nos involucra
directamente, volteamos la vista aunque tengamos el poder y la autoridad para
auxiliar a alguien más.
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Y no auxiliar necesariamente a quien su conducta le
alcanzó con consecuencias, sino a aquel que injustamente es vituperado, cuando
de primera mano conocemos la falsedad de lo que se propaga.
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¿Para qué Dios nos ha colocado en lugares privilegiados
sino es para bendecir y defender a alguien desprovisto?
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Ya basta de ser cómplices con nuestra inacción. Si está
mal, dilo, sino es cierto, denúncialo, y si es inocente, no lo entregues a las
multitudes. Que nuestro silencio no sea
partícipe del abuso y la injusticia.

